Luego del colapso del antiguo convento en julio de 1678, la vida religiosa de la comunidad sufrió una transformación profunda. De aquella estructura conventual, solo se reconstruyó el templo, que con el paso del tiempo se convirtió en el corazón espiritual del lugar.
Hoy en día, lo que permanece es la catedral, el atrio y algunos anexos, vestigios de una época de fervor y arquitectura colonial. La edificación se realizó con materiales propios de la región y de la época: piedra caliza, ladrillo rojo, cal y cantera rosa, trabajados con la técnica tradicional de mampostería. Cada elemento, cada muro, conserva la memoria de los artesanos que dieron forma a este espacio sagrado, que aún se alza como testimonio de fe, resistencia y legado cultural.
En los albores del siglo XVI, cuando la evangelización se extendía por los rincones del virreinato de la Nueva España, la región quedó sujeta a la doctrina del convento de Chila. Fue en el capítulo celebrado el 4 de octubre de 1578 cuando se registró por primera vez como “casa”, bajo la advocación de San Juan Bautista. Aquel día, se asignó su atención pastoral al fray Fernando de Eslava, quien habría de velar por la naciente comunidad.
Durante un siglo, el convento se mantuvo como centro espiritual y cultural, testigo de los rezos, las enseñanzas y las transformaciones del lugar. Sin embargo, en julio de 1678, el edificio colapsó, víctima del tiempo y las circunstancias. De aquella estructura original, solo se levantó nuevamente el templo, que permanece como testimonio de fe y resistencia, guardando en sus muros la memoria de un pasado que aún susurra entre sus piedras.