Hoy en día, aún se conservan en Teposcolula importantes vestigios de su esplendor virreinal: el templo, el claustro y la imponente capilla abierta, todos construidos con materiales propios de la región. El interior del templo destaca por sus pequeñas cúpulas, que adoptan la forma de casquetes, creando un efecto visual armonioso y singular. La fachada, por su parte, está compuesta por elegantes columnas y nichos que reflejan la influencia del arte renacentista, integrándose con maestría al paisaje arquitectónico de la Mixteca Alta.
Fue el 24 de agosto de 1541 cuando Teposcolula apareció por primera vez en los registros históricos, durante un capítulo en el que se designó a fray Domingo de Medinilla como vicario. En aquel entonces, la región comenzaba a perfilarse como un punto clave en la Mixteca. Un año más tarde, en 1542, el convento de Yanhuitlán fue abandonado, y con ello, Teposcolula cobró una nueva importancia, convirtiéndose en un centro espiritual y estratégico para la orden dominica.
En ese contexto de transformación y crecimiento, surgió una de las obras más emblemáticas de la arquitectura virreinal en la Mixteca Alta: la capilla abierta. Atribuida a fray Francisco Marín, esta construcción no solo destacó por su monumentalidad, sino también por la complejidad de su diseño, que la convirtió en uno de los conjuntos arquitectónicos más notables de la región. Su presencia aún hoy evoca el esplendor de una época en la que la fe, el arte y la historia se entrelazaban en piedra.