Tras el devastador sismo del 16 de agosto de 1711, que provocó el colapso del antiguo convento dominico, la comunidad no tardó en emprender su reconstrucción. A poca distancia del sitio original, los frailes levantaron un nuevo convento, reafirmando su presencia en la región. Con el paso del tiempo, gran parte del conjunto arquitectónico se perdió, pero aún se conserva el templo principal, acompañado de capillas anexas y un amplio atrio.
La construcción, de carácter sobrio y funcional, fue realizada con materiales rústicos propios de la zona: piedra de río, piedra caliza, cal y cantera. Para su edificación se empleó la técnica tradicional de mampostería, lo que le confiere un aire de solidez y permanencia, testimonio del esfuerzo colectivo por preservar la fe y la memoria histórica del lugar.
El 10 de mayo de 1555, durante un capítulo de la orden dominica, se aceptó la fundación de la casa de Tonalá, dedicada a Santo Domingo. Aquel día, fray Pedro de Valladolid fue nombrado vicario, y con ello comenzó una nueva etapa en la evangelización de la región. Desde sus primeros años, esta casa se convirtió en un punto clave para la expansión de la orden, al grado de proveer frailes al convento de San Bernardino de Chila, que llegaría a ser el más importante de toda la Mixteca Baja.
Durante más de siglo y medio, el convento de Tonalá fue testigo del paso del tiempo, de las fiestas religiosas, de los rezos en lengua mixteca y de los silencios de la contemplación. Pero en 1711, un fuerte sismo sacudió la región y redujo a escombros el antiguo edificio. Lejos de desaparecer, la comunidad decidió reconstruirlo. A pocos metros del sitio original, se levantó un nuevo convento, símbolo de la persistencia de la fe y de la historia que aún hoy se respira entre sus muros.