A pesar del paso del tiempo, aún persiste el templo original junto con un anexo, ambos construidos con materiales propios de la región y mediante la técnica tradicional de mampostería. Estas estructuras, silenciosas testigos de siglos de historia, se mantienen en pie como evidencia tangible de la labor evangelizadora. Sin embargo, no existe documentación que confirme la existencia de otros edificios conventuales en el lugar, lo que deja abierta la posibilidad de que el conjunto arquitectónico haya sido más amplio de lo que hoy se conserva.
Corría el año de 1550 cuando, en medio de los caminos polvorientos que unían Huajuapan con Tlaxiaco, surgía una humilde casa de paso que pronto se convertiría en punto clave para viajeros, misioneros y comerciantes. Aquel sitio, inicialmente vinculado a la doctrina del convento de Chila, ofrecía descanso y recogimiento espiritual en una región aún en proceso de evangelización.
Durante décadas, su presencia fue discreta pero constante, sirviendo como refugio temporal y como semilla de fe en tierras mixtecas. No fue sino hasta el año de 1715 que, bajo la guía del vicario fray Domingo Santiago, aquel lugar alcanzó su plenitud espiritual al ser elevado a la categoría de convento. Con ello, se consolidó como centro religioso y cultural, marcando una nueva etapa en la historia de la región.